Sociedad y verdad

El color de los muertos
Cuando tu humanismo depende del uniforme del verdugo

Hay principios morales que se aplican con precisión quirúrgica en una sola dirección. Cuando eso ocurre, ya no son principios. Son preferencias estéticas con vocabulario culto.

Umbral editorial

Este texto opera en tres planos que conviene distinguir: el filosófico (el mecanismo del tribalismo moral), el histórico (Franco, el chavismo-madurismo, datos documentados) y el empírico (cifras de organismos internacionales con fuentes al pie). Los tres se mezclan deliberadamente. Eso es una elección, no un error.

Este texto no dice que todas las dictaduras sean idénticas. Dice que el mecanismo con el que las juzgamos revela algo sobre nosotros que a menudo preferimos no ver.

Ensayo · Lectura estimada: 10 min

Hace unas semanas hablé con un hombre de 90 años. Un intelectual que dedicó su vida a Galicia, que resistió a Franco y que ayudó a construir espacios de dignidad. Lo admiro. Y precisamente por eso la conversación me dejó un sabor más amargo.

Hablábamos de Nicolás Maduro. De su hipotética captura. De la violencia de una eventual operación. Él estaba indignado. Dijo, más o menos: «Mataron a cien personas para atraparlo. Eso no está bien. Las cosas no se hacen así».

Después mencionamos a Franco. Entonces dijo: «Lo peor es que murió en una cama».

Ahí estaba todo. No hizo falta que se explicara. En esa diferencia de tono estaba la verdad desnuda: para un dictador, la violencia parece comprensible; para el otro, se vuelve intolerable. Para uno, la muerte violenta habría sido justicia histórica. Para el otro, incluso la captura se vuelve moralmente sospechosa.

Los muertos no cambiaron. Cambió el uniforme del verdugo.

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Tesis

Los argumentos del otro lado no son idiotas

Seamos justos. El argumento no es idiota. No se trata de caricaturizarlo, porque precisamente ahí es donde la mayoría se engaña. Las coartadas morales más eficaces no son absurdas: son plausibles. Suenan cultas. Pueden defenderse en una mesa, en una universidad, incluso en la conciencia de alguien que se cree decente.

Se dirá, por ejemplo, que no todas las dictaduras son iguales. Que Franco representa el fascismo clásico, la represión fundacional, el aplastamiento del adversario, mientras que el chavismo nació de una legitimidad electoral y de una promesa de justicia social antes de degenerar. Se dirá que la genealogía importa. Que el origen modifica el juicio. Que no es lo mismo un régimen que nace para defender privilegios que otro que nace invocando la emancipación de los de abajo.

Se dirá también que América Latina tiene memoria. Que Estados Unidos lleva décadas interviniendo, derribando gobiernos democráticos —Chile en 1973, Guatemala en 1954—, financiando golpes, bendiciendo tiranos. Que cualquier operación presentada como «liberación» merece sospecha. Que oponerse a una intervención contra Maduro no equivale a absolver a Maduro, sino a desconfiar del viejo guion imperial. Y esa desconfianza, desde luego, no salió de la nada.

Se dirá además que existe algo llamado proporcionalidad moral. Que no todo se justifica en nombre de una causa justa. Que matar a decenas o cientos para capturar a un tirano no es justicia sino otra barbarie. Que el derecho humanitario existe precisamente para impedir que la indignación se disfrace de legitimidad.

Nada de eso es tonto.

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Antítesis

El problema empieza cuando los principios solo miran en una dirección

El problema empieza cuando esos principios se aplican con precisión quirúrgica solo en una dirección. Porque entonces ya no estamos ante un juicio moral. Estamos ante una preferencia estética.

Ya no importa la víctima; importa el relato. Ya no importa la crueldad; importa quién la administra. Ya no importa el cadáver: importa la bandera que lo cubre.

Los apologistas nunca se presentan como apologistas. Se presentan como adultos responsables capaces de comprender la complejidad.

Ahí aparece el espejo. Si el contexto histórico lo justifica todo, cualquiera puede fabricar un contexto para su monstruo favorito. El franquista lo hizo. Dijo que España se salvaba del caos, de la quema, del terror rojo. El pinochetista dijo que Chile se salvaba del marxismo. El videlista dijo que había una guerra contra la subversión. Todos tuvieron contexto. Todos tuvieron un vocabulario moral para volver tolerable lo intolerable.

Pero comprender la complejidad no consiste en repartir excusas con lenguaje sofisticado. Consiste en reconocer que cuando una dictadura encarcela, tortura, humilla, mata, expulsa o convierte la vida entera de una sociedad en una maquinaria de miedo, ya no estamos ante una diferencia de matiz histórico. Estamos ante lo esencial. Y en lo esencial las dictaduras se parecen mucho más de lo que sus defensores admiten.

No porque todas sean idénticas en forma, sino porque todas exigen el mismo acto previo por parte del observador: que rebaje su exigencia moral cuando el verdugo le resulta ideológicamente familiar.

Ese es el mecanismo. No «mi dictador es bueno». Nadie culto dice eso así. Lo que dice es algo más refinado: «Sí, pero hay que entender el contexto». O: «Sí, pero el enemigo es peor». O: «Sí, pero una intervención sería imperialista». Ese «sí, pero» es uno de los grandes cementerios morales de la historia. Primero se admite el crimen. Luego se lo rodea. Luego se lo contextualiza. Y al final, sin que nadie lo diga en voz alta, el crimen deja de pesar igual. No se niega. Se desactiva.

El antiimperialismo como coartada

Tomemos el antiimperialismo. Tiene una base histórica real. Estados Unidos intervino, manipuló, destruyó, financió atrocidades. Eso es verdad. Pero una verdad no autoriza todas las conclusiones derivadas de ella. Haber sido adversario de Washington no convierte a nadie en moralmente respetable. De lo contrario habría que absolver a cualquier poder que use el lenguaje de la soberanía mientras aplasta a su población. Habría que fingir que Rusia, China o Irán no tienen apetitos imperiales porque no hablan inglés.

Eso no es análisis. Es superstición ideológica.

La proporcionalidad selectiva

Y luego está el argumento de la proporcionalidad. El más limpio. Nadie decente celebra la matanza. Nadie decente debería aceptar que la justicia se convierta en carnicería. Pero incluso aquí aparece la trampa cuando la sensibilidad moral se activa solo ante la violencia visible y se mantiene extrañamente serena ante la violencia lenta.

La bala escandaliza; el hambre administrada, menos. La ejecución indigna; el hospital colapsado, menos. La represión abierta escuece; la asfixia gradual de un país entero parece, para demasiados, una tragedia atmosférica sin verdugo claro.

Como si matar deprisa fuera más condenable que condenar despacio. Como si hubiera una diferencia moral decisiva entre el cadáver que cae por una ráfaga y el cadáver producido por un sistema que destruye medicamentos, comida, instituciones y futuro.

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Los datos, para desmontar la coartada

No para entrar en contabilidad mórbida. Para que los argumentos no floten en el vacío.

El régimen de Franco surgió de un golpe militar. Las fuerzas sublevadas contaron con apoyo de Italia y Alemania y ejecutaron entre 100.000 y 200.000 personas durante el conflicto y la posguerra.12 Hubo más de 60 campos de concentración y decenas de miles de prisioneros sometidos a trabajos forzados.3 Hubo censura total, represión cultural y un exilio masivo.

El chavismo-madurismo nació de elecciones. Hoy el país vive una emergencia humanitaria documentada. La hiperinflación alcanzó cifras inéditas: el FMI estimó que en 2018 el índice anual superó el 929.000 %,4 mientras el Banco Central de Venezuela reportó 130.060 % ese año. El éxodo suma casi 7,9 millones de venezolanos —el mayor desplazamiento de la historia reciente de América Latina—,5 con más de 6,9 millones de ellos sobreviviendo en otros países de la región.

La sanidad se ha derrumbado. Un informe interno de la ONU indicó que 2,8 millones de venezolanos necesitaban atención sanitaria y que unas 300.000 personas corrían riesgo de morir por no poder acceder a tratamientos para cáncer, diabetes o VIH.6 Una encuesta en 40 hospitales reportó 1.557 muertes en solo tres meses por falta de insumos médicos.7 Los apagones de 2019 provocaron al menos 79 muertes adicionales en hospitales.8

La represión tampoco es simbólica. Según datos citados por la Oficina de la Alta Comisionada de la ONU, las fuerzas de seguridad venezolanas mataron casi 18.000 personas en supuestos enfrentamientos desde 2016.9 Solo en 2017, durante la llamada Operación de Liberación del Pueblo, se denunciaron más de 500 muertos.10 La Misión Internacional de la ONU documenta torturas y violencia sexual como parte de un plan estatal para reprimir la disidencia.11

Con estos datos sobre la mesa, la pregunta vuelve a ser incómoda: ¿cuántos muertos necesita Maduro para que tu indignación sea la misma que con Franco? ¿Cuántos campos de concentración necesita Franco para que apliques la misma indulgencia que con Maduro? ¿Qué número convierte a un verdugo en «nuestro» verdugo?

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Síntesis

El cerebro está diseñado para el tribalismo, no para la verdad

El problema no es la izquierda ni la derecha.

El problema es que tu cerebro está diseñado para el tribalismo, no para la verdad.

No pensamos y luego elegimos equipo. Elegimos equipo y luego organizamos el pensamiento para no traicionarlo. Por eso tanta gente brillante termina diciendo barbaridades con sintaxis impecable. No es falta de inteligencia. Es exceso de pertenencia.

Ya no importa la víctima; importa el relato. Ya no importa la crueldad; importa quién la administra. Ya no importa el cadáver: importa la bandera que lo cubre.

Al final de la conversación, el hombre de 90 años dijo algo revelador: «Yo no vivo allá ni soy de allá. Yo soy de aquí y mi realidad fue y es otra». Era una frase modesta. Pero debajo estaba otra verdad: hay muertos que no entran en nuestra economía moral con la misma intensidad que otros. Hay sufrimientos que solo nos conmueven si no amenazan la arquitectura sentimental de nuestras lealtades.

Eso no lo vuelve monstruoso a él. Nos vuelve reconocibles a casi todos.

Porque casi todos hemos dicho alguna vez una variación del mismo conjuro:

  • «Sí, pero hay que entender…»
  • «Sí, pero no es comparable…»
  • «Sí, pero el contexto…»

Ese es el instante en que el principio deja de mandar y empieza a negociar con la tribu.

¿De qué color tienen que ser los muertos
para que dejes de matizar?

Lo que este texto hizo y lo que no hizo

No equiparó al franquismo con el chavismo como si fueran idénticos. No absolvió a nadie. No dijo que toda intervención externa es justa ni que toda resistencia al imperialismo es mentira.

Lo que hizo fue encender una lámpara sobre el mecanismo. El mecanismo por el que personas inteligentes y decentes terminan aplicando exigencias morales distintas a sufrimientos equivalentes según la ideología del régimen que los produce.

Ese mecanismo no vive en los demás. Vive en nosotros. En el «sí, pero» que nos asoma a la boca justo cuando el verdugo lleva nuestra bandera.

La lámpara no ilumina para que te sientas mejor. Ilumina para que veas lo que hay.

Lo que hagas con lo que ves ya es tuyo.

Si prefieres llegar antes

La lámpara suele llegar antes por correo. Cuando el texto ya ha hecho su primera herida, acaba aquí.

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